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10 RINCONES ESCONDIDOS EN BARCELONA

Sin duda la ciudad de Barcelona tiene miles de rincones y lugares tan conocidos como desconocidos y si hay un barrio que concentra una gran cantidad de estos rincones bonitos y curiosos ese es el barrio del Gótico, el inicio de la ciudad. Hoy en este artículo quiero contarte 10 rincones escondidos en Barcelona y los secretos que esconden. Pero recuerda, es un secreto sólo apto para auténticos curiosos de la ciudad. ¿Te animas a descubrirlos conmigo?

UNA FUENTE PARA CELEBRAR

Comencemos con una fuente que tiene mucha historia y que es muy conocida. Menuda decepción. Pensarás: Irene, me has fallado, y con razón. Pero espera, porque que la conozcas no implica que sepas su historia y para eso estoy aquí, para contártela.

Como seguramente ya sabrás, la famosa fuente de Canaletas es la fuente donde el FC Barcelona (o Barça para la mayoría) celebra sus triunfos y trofeos. ¿Pero, te habías parado a pensar el por qué?

Bueno, para entenderlo primero debemos saber que a principios del siglo XX había un kiosco (y posterior bar) llamado Canaletas y regentado por Esteve Sala i Cañadell. Esto, junto a las vinculaciones que el dueño tenía con el mundo deportivo futbolístico de la ciudad, provocó que el bar se convirtiera también en una oficina en la que los socios del club se reunían y comentaban los partidos.

En los años 30 los seguidores del Barça acostumbraban a bajar a las ramblas para enterarse de los resultados del partido que se apuntaban en una pizarra colgada en dicho lugar y, aunque la pizarra ya no existe, la tradición de bajar a la fuente Canaletas para comentar y celebrar las victorias aún perdura. Interesante, ¿no te parece?

Además, existe una leyenda de la fuente Canaletas que dice que quien beba agua de ella quedará enamorado de Barcelona y volverá a visitarla.

UNA CALLE SECRETA

Barcelona está llena de calles a lo largo y ancho, pero hay una por la que seguramente habrás pasado si has visitado la ciudad y no te has dado ni cuenta. Te hablo de la Calle Segovia, una calle corta, abandonada y estrecha en el Gótico.

Detrás de unas rejas que impiden el paso, esta calle se encuentra muy cerca de la catedral y la plaza del Rey, entre las calles Freneria y Veguer.

Aunque tiene dos placas muy escondidas que la denominan como calle (la típica de mármol en catalán y otra más antigua en latón azul marino en castellano), es más bien un callejón oscuro, sucio y medio abandonado que sirve más como almacén y patio interior que como calle.

Originalmente llamada calle Fiveller por pertenecer a esta familia en su día (una de las más poderosas de la edad Media en la ciudad), su nombre cambió en 1931 por evitar duplicidades ya que entonces la calle Ferrán también se llamaba Fiveller.

La calle Segovia está cerrada al tránsito lo que le da un aire aún más místico si cabe. Se dice que uno de los bares que hay (y que guarda parte de su material en la misma) te deja pasar si se lo pides, pero una servidora no ha tenido esa suerte.

De hecho, se dice también en algunos libros de historia de la ciudad que en la calle se conserva un dintel original de una antigua herrería de la época medieval de la calle Verguer que, tras el cierre del negocio, se cambió a esta calle. Nuevamente, yo no he tenido el gusto de verla personalmente pero sí he visto imágenes de la misma.

UN BUZÓN MUY DIFERENTE

Este rincón escondido en Barcelona es, seguramente, de mis favoritos. Y que no me canso de contarlo a todos mis allegados.

Situado en la casa de la Arcadia, en una calle perpendicular al carrer Bisbal y paralela a la catedral, esta casa tiene una bonita historia en sí misma. Creada para que la habitara el arcediano de la catedral (una figura actualmente desaparecida de la jerarquía eclesiástica) allá por el siglo XII, fue reformada durante el s. XVI dotándola de ese aspecto actual de palacete con estructura gótica, una portada de decoración renacentista, un claustro, una galería, una escalinata y su fuente central.

La casa ha tenido diversos propietarios y usos y uno de ellos, el que nos interesa para nuestra curiosidad, fue el Colegio de Abogados de Barcelona en 1895, trasladados de la plaza Sant Felip Neri de la que hablaremos más tarde. En esta época en la que el Modernismo estaba en auge, el colegio decide encargarle al arquitecto Lluís Domènech i Montaner la decoración del edificio y, como no, un buzón para la correspondencia con los clientes de los abogados.

Pero como sabemos, ni Domènech i Montaner era un arquitecto tradicional ni el Modernismo se prestaba a elementos simples y básicos, ¿cierto? Es por eso que actualmente a la derecha de la entrada puedes ver uno de los elementos más originales y cargados de simbolismo (y crítica, dicho sea de paso) de toda la ciudad.


El buzón tiene esculpidos en relieve cinco golondrinas, una tortuga, hojas de hiedra y el escudo del Colegio de Abogados de Barcelona. Pero, ¿qué significan?

Pues bien, las cinco golondrinas las colocaría el arquitecto como símbolo de libertad de la justicia, la rapidez deseada por las partes del juicio y como ideal de que la justicia está por encima de todos cual golondrina que sobrevuela nuestras cabezas. No en vano aparecen con las alas extendidas como si volaran.

Pero esto no es lo más curioso o crítico. El mosqueo que dicen que el colegio se tomó con Domènech i Montaner viene de las figuras de la tortuga y la hiedra. La primera se colocó como representación de la lentitud de la justicia mientras que la segunda hace referencia a los enredos burocráticos necesarios para obtenerla. Ambos, una crítica a la situación del momento que, dicho sea de paso, podemos decir de hoy día también.

La casa es actualmente la sede del Archivo Histórico Municipal de Barcelona y presenta una exposición muy interesante sobre la historia de la ciudad. Además, corre por ahí un rumor que dice que si tocas el caparazón de la tortuga te dará buena suerte. Algo que obviamente es falso y perjudica gravemente un monumento único y tan preciado para la ciudad. Por favor, no lo hagas.

UNA BOTICA, EL CSI DE LA ÉPOCA NAPOLEÓNICA

La actual farmàcia Paula Rosa Martín del carrer Gignàs ostenta el honor de «Botica de la Corona» gracias a resolver un envenenamiento de la guarnición francesa de Napoleón en 1812. Como lo lees.

Este rincón en una de las calles más instagrameables de la ciudad es una farmacia histórica con mucho que contar. Y, como viene siendo habitual, comenzaré por el principio, por 1802.

Entonces esta farmacia pertenecía a Josep Antoni Balcells que, como dice en la placa que aún se conserva aunque no en muy buen estado, era una Botica de la Corona, que quiere decir que era uno de los proveedores oficiales de la monarquía española. Balcells fue un boticario muy popular de la Barcelona de primeros del s. XIX y su reputación como científico creció durante los años en los que Napoleón controló la ciudad condal.

Será en 1812 durante la llamada Conspiración de los Venenos (Conspiració del Verins) que comienza realmente nuestra historia. Esta conspiración fue un levantamiento de un grupo de ciudadanos contrarios a la presencia de los franceses en la ciudad. El grupo planeó deshacerse de ellos envenenándolos mediante el pan.

Sin embargo, el plan no funcionó como se esperaba ya que el veneno no se distribuyó correctamente por la masa dando como resultado unos pocos intoxicados de gravedad y unos cuantos fallecidos. Lo que sí hicieron correctamente fue alargar el proceso de la intoxicación. Esto dio pie a que las autoridades designaran a un grupo de expertos para determinar cuál (o cuáles) eran las sustancias utillizadas. Entre ellos se encontraba Balcells que, al más puro estilo CSI, analizó junto al grupo el pan en los laboratorios de la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona hasta descubrir que la introxicación era producida por un derivado del arsénico. Alucinante, ¿verdad?

Más tarde, en 1820, Balcells protagonizó otro triunfo profesional al fumigar casas de vecinos con un preparado de arsénico y mercurio para protegerlos de la fiebre amarilla que acechaba la ciudad. La historia de este célebre boticario, sin embargo, no tuvo un final feliz en la ciudad ya que tuvo que exiliarse en 1823 con el retorno de los absolutistas. Igualmente, su historia y proezas quedarán en la mente de todos los que han oído hablar de él y ahora tú también formas parte.

LAS FAROLAS DE GAUDÍ

Estoy convencida que si has visitado la ciudad condal o vives en ella, has visitado la Plaça Reial, al menos, una vez en tu vida. Un lugar tan lleno de historia como de obras de arte sin igual que seguramente no conocías.

Para ponernos en situación, esta plaza fue creada sobre el lugar de un antiguo convento de Capuchinos que fue desamortizado en el siglo XIX. Durante mediados del siglo XX se decidió hacer una plaza donde la burguesía se reuniera antes y después de las obras del Liceu, siendo uno de los lugares de reunión de la época.

Es por eso que, entre otras cosas, la plaza tenía que ser bonita estéticamente y fruto de ello es la fuente que podemos ver en medio. Bueno, esa no, porque curiosamente hubo una antes en honor a los Reyes Católicos. En 1856, y debido a la visita de Isabel II, se instaló el molde en yeso que había para la visita y tal fue el desagrado de los barceloneses que la destruyeron a pedradas.

Será ya en 1876 cuando se le planteó al arquitecto Antoni Rovira i Trias que hiciera una nueva y este decidió copiar el modelo elaborado diez años antes por el francés Antoine Durenne y así es como surge la actual fuente de las Cárites (diosas del encanto, la creatividad y la fertilidad). Eso sí, la fuente ha sido movida en alguna ocasión pero ha vuelto a su lugar original.

Sin embargo, esa no es la historia de esta anécdota, sino algo que está a los lados de ella y que, en muchas ocasiones, pasa desapercibido. Os hablo de una de las primeras obras aportadas por el genio Antoni Gaudí a la ciudad, sus farolas.

Resulta que mientras Gaudí estudiaba, colaboró como delineante con Josep Fontserè i Mestre en la reja de entrada del Parque de la Ciutadella y al finalizar, el Ayuntamiento le encargó el diseño del alumbrado público de dos plazas de la ciudad: la Plaza Real y Pla del Palau. Tras presentar dos diseños diferentes, se optó por la que conocemos de seis brazos. Se caracterizan por el colorido que presentan desde la base de piedra, donde Gaudí fijó un gran medallón de hierro con motivos florales.

De él surge la columna de hierro fundido en cuya parte baja tiene una sutil ornamentación vegetal de hojas de hiedra. En la mitad de la columna se ve el escudo de Barcelona y más arriba pequeñas ornamentaciones florales de color rojo, justo debajo de los seis brazos que sostienen los faroles de cristal. La parte más original es, sin duda, el remate, con un caduceo con las dos serpientes y un casco alado, símbolos que aluden a Mercurio, el dios romano del comercio, actividad con la que Barcelona se identificaba en aquel momento, una ciudad muy comercial gracias al puerto situado cerca de la Plaza.

Lo más llamativo del proyecto, y toda una revolución, fue que Gaudí no propuso un sistema de pago de la obra a precio fijo o alzado, como se hacía en la época, sino al precio que saliera después de su colocación. De esta manera Gaudí estaba convencido que se gastaría menos de lo presupuestado: tres mil seiscientas cinco pesetas, imprevistos incluidos. ¿Os imagináis eso hoy día?

UNA FUENTE (CASI) ÚNICA QUE NOS CONECTA CON EL MUNDO

Es una fuente que habrás visto mil veces en tu paso por las Ramblas pero que no sabías la historia que hay detrás. Frente a la entrada del Museo de Cera y el Bosque de las hadas se encuentra la fuente Wallace. O debería decir fuentes, ya que fueron un total de 12 las fuentes que este filántropo inglés trajo a Barcelona de las varias que distribuyó por toda Europa y América. Y como toda buena historia, empecemos por el principio.

Este está en París, en 1888. En esta época, la ciudad parisina estaba sufriendo las consecuencias de una guerra contra Prusia dejando la ciudad muy afectada tras los bombardeos que, entre otros problemas, encareció el precio del agua enormemente. Esto supuso que las clases más pobres no pudieran acceder a este bien tan necesario, lo que derivó en problemas de higiene y salubridad. Es en este momento que surge nuestro protagonista, Richard Wallace. heredero de gran fortuna y residente parisino, financió, entre otros proyectos, un conjunto de fuentes públicas para suministrar agua gratuita por toda la ciudad. Algo que, por cierto, se mantiene hoy día ya que hay más de 1.200 fuentes de agua potable y gratuita por París que proporcionan incluso agua con gas. Pero esa es otra historia.

Wallace encargó el diseño de esta fuente a Charles-Auguste Lebourg y, tras varios diseños, surgió el que puedes ver en la foto con 4 carótides sujetando la cúpula. Representan la bondad, la simplicidad, la caridad y la sobriedad así como las cuatro estaciones del año. Entre tu y yo, a mi me parecen preciosas a la par que muy útiles. Y cumplían su objetivo de conseguir un precio razonable por unidad que permitiera su instalación por todo París, ¿se puede pedir algo más?

Tanto le gustó a Wallace la fuente que decidió reforzar la hermandad entre naciones regalando algunas a otras ciudades y, entre ellas, a la ciudad de Barcelona. ¿Cómo sucedió? Bueno, hablamos de 1888, año de la Exposición Universal de la ciudad (sí, a la que debemos el Arco del Triunfo y la Ciutadella como la conocemos, entre otras). Wallace envió un total de 12 fuentes a la ciudad para dicho evento gracias a la amistad que le unía al alcalde del momento.

Y, como te he comentado al principio, sólo se conservan 2 de las originales. El resto son copias posteriores. Si te gusta, podrás encontrarlas también en ciudades como San Sebastián, Nueva Orleans, Londres, Montevideo, Montreal o Zúrich.

UNA PLAZA GÓTICA FALSA CON MUCHA HISTORIA

Quizá el menos secreto de los rincones, pero el más especial para mí. Y es que la plaza Sant Felip Neri es, sin lugar a dudas, mi rincón favorito de toda la ciudad. Y me he visto mucha Barcelona.

La mejor forma de vivir esta plaza es entrar por el carrer de Montjuic del Bisbe, un callejón más bien que encuentras si coges el carrer Bisbe (donde se encuentra el puente del Obispo tan famoso) desde la plaza de la catedral. Es el primer callejón a la derecha, un camino que serpentea hasta dar con una plaza que te enamora por su belleza, su ambiente casi místico y por su historia. Porque esa es la razón por la que te hablaré de ella aquí.

Esta plaza no siempre ha sido eso. En sus orígenes medievales, era el antiguo cementerio medieval y en él, no sólo se enterraba a eclesiásticos y miembros de cofradías y gremios sino también a ejecutados en la horca y descuartizados junto a sus verdugos. Éstos últimos debido a la aprensión del resto de ciudadanos a compartir suelo santo con ellos. El cementerio pertenecía a la Iglesia barroca que se sigue viendo y que data del s. XVIII, o al menos parte de ella. Pero aunque la iglesia data de esa época, la plaza tal y como la ves es mucho más reciente y todo comienza tras un día trágico para su historia, el 30 de Enero de 1938.

Si no eres español, quizá esta fecha no te diga nada, pero España estuvo en guerra contra sí misma entre 1936 y 1939 y Barcelona fue un lugar muy activo en esa guerra civil. Es por ello que este día, el bando franquista decidió realizar un intenso bombardeo sobre esta parte de la ciudad lo que provocó que el lugar, tal y como se conocía, desapareciera. De hecho, lo único que quedó en pie fue la fachada y parte de la estructura de la iglesia. Además, durante este truculento día, murieron 42 personas por deflagración. La mayoría fueron niños del colegio adyacente que aún se conserva y que se refugiaron en el sótano de la iglesia. De ahí son los agujeros y el desgaste de la fachada que se ve hoy día como resultado de la metralla provocada por las bombas de aquel día.

Tras este trágico suceso, se pensó qué hacer con el lugar y se asignó al arquitecto municipal Adolf Florensa para el proyecto de reconstrucción. A él le debemos la idea de recrear una plaza usando elementos de la ciudad que ya no tenían lugar. Adaptó dos fachadas renacentistas de edificios que no habían sido reconstruidos y que procedían de la avenida de la Catedral y la Via Laietana. Además, también recreó la entrada de la calle Sant Felip Neri aprovechando elementos de los antiguos edificios. Toda una genialidad para seguir conservando elementos de la ciudad en un entorno diferente. Por último, también se conservan en ella las antiguas sedes de los gremios de Caldereros y Zapateros. Este último es actualmente el museo del Calzado de la ciudad.

Por cierto, la fuente octogonal fue obra de Joaquim Ros de Ramis y tampoco es gótica, sino del s. XX. Por lo visto, arriba había una figura de un niño estudiando pero fue robada y nunca más se supo.

Y así surgió un lugar tan emblemático, fotografiado y querido por tantas personas. De hecho, se hizo tan conocido que incluso sale en el videoclip del grupo Evanescence en su canción «My Inmortal».

LAS PRIMERAS SEÑALES DE TRAFICO DE LA CIUDAD

No sé si alguna vez te has fijado en la imagen que te muestro al lado, pero seguro que alguna vez la has visto por la zona antigua de la ciudad y alguna de esas veces te has preguntado qué son y por qué están ahí. Pues para eso estoy aquí, para explicarte qué son y cuál era su papel.

Estas placas pertenecen al siglo XIX y representan el escudo de la ciudad junto a un arriero a pie sujetando su montura y señalando al frente con la otra mano. En ellas también ves las palabras Entrada o Salida según estés. Pues bien, estas, querid@ lector@, son las primeras señales de tráfico de la ciudad que gestionaban el tránsito de la misma.

Desde el s. XIX, y hasta principios del siglo XX, hubo distintos modelos e incluso hay una placa que se conserva en el museo de la Historia de la Ciudad que dice:

«Por orden del gobierno todos los carros que transiten por esta calle deberán precisamente tener la dirección que se indica con el carro pintado, bajo la multa de tres libras»

Anteriormente, las calles tenían el sentido que los transeúntes o jinetes quisieran darles y no existían normas de circulación por las mismas. De hecho, no fue hasta 1770 que empezaron a rotular las calles con placas de cerámica. Sin embargo, dado el gran crecimiento que tuvo la ciudad a mediados del S. XIX, esto tuvo que cambiar y empezaron a surgir ordenanzas que contralase los vehículos y el tránsito en la ciudad.

La primera data de 1857 y, entre las normas, se encuentra una que me resultó muy curiosa y es que se prohibía a los menores de 16 años ser arrieros. Otras normas serían: bajarse del vehículo en calles estrechas, no circular de noche, llevar una campanilla para ser oído y no llevar más de un animal de tiro. Además, a los conductores de transporte de personas se les permite estacionar en la acera, previo pago de una tarifa.

Si recorres la zona antigua podrás ver no sólo estas placas tan interesantes sino muestras de desgaste en edificio y entradas debido al paso de vehículos que dejaron su huella para siempre.

UN CEMENTERIO ROMANO MUY SOCIABLE

Durante la reconstrucción de la ciudad tras la Guerra Civil Española se encontraron restos romanos que pertenecían a una necrópolis romana de los siglos I-III d.C. y se sigue manteniendo en la plaza de la Vila de Madrid (en la plaza al lado del Decathlon del centro para que nos entendamos). De hecho, hay todo un museo dedicado a la necrópolis perteneciente al MUHBA llamado Via Sepulcral Romana. Su entrada cuesta 2€, pero para verlos no hace falta pagar ya que están a cielo abierto y se ven desde fuera.

Pero lo curioso no es que haya un cementerio romano del s. I d.C en medio del barrio gótico (que también) sino el origen del mismo y la historia que hay detrás de este tipo de cementerios. Resulta que en la época romana no era posible enterrar a los muertos intramuros por lo que los romanos enterraban a sus seres queridos detrás de las murallas. Pero no sólo eso, sino que ubicaban las tumbas al borde del camino de entrada a la ciudad. De ahí que cuando veas estas tumbas, las veras como siguiendo un camino, el de entrada a la ciudad.

Hablando de este cementerio en concreto, está compuesto mayormente por un tipo de lápidas llamadas «novela kupa» que era el nombre para denominar las tumbas de la clase popular de la ciudad. Vaya, de los pobres. En ellas, y esto es lo más curioso de todo, encontrarás un agujero redondo. ¿Para qué? Pues para alimentar a los muertos. Sí, como lees. En la antigua Roma existía una ceremonia llamada «profusio» en la que los días de culto a los muertos, sus seres queridos vivos tenían que ir a las tumbas a «alimentar» y charlar con los muertos a través de este agujero para que no se extraviaran y asustaran a los vivos. Es más, según los historiadores dentro del agujero había recipientes para comida y bebida.

¿Te imaginas la escena? Además, se solían plantar rosas y romero cerca para hacer rituales y honrarlos. Se dice que ese es el origen de que llevemos flores a nuestros difuntos.

UN TROCITO DE LA MILENARIA TROYA

Sí, como lo lees. La última de los 10 rincones escondidos de Barcelona es un trocito de la histórica Troya. ¿Y qué parte puedes ver y disfrutar en la ciudad de Troya? Pues cuatro columnas.

Y me preguntarás, ¿dónde las puedo ver? Pues esa es la mejor parte. Si vives en Barcelona o has venido de visita, te prometo que las has visto, pero aún no lo sabes. Nada como esconder algo a plena vista, ¿verdad?

Situadas en la entrada principal del Palau de la Generalitat, su origen está documentado por historiadores. Pero no quiero engañarte llegados a este punto. Las columnas no son de la Troya mítica del caballo de madera, el rapto de Helena y el talón de Aquiles. Siento decepcionarte. Estamos hablando no del siglo XII antes de Cristo sino del s. II después de su nacimiento bajo la dominación romana en la misma zona que actualmente se encuentra Turquía.

Los troyanos las construyeron por encargo de Tarraco, colonia romana que las quería para un templo dedicado a Augusto. Se tiene constancia de que llegaron, al menos, 45 columnas a la antigua Tarragona a tiempo para la visita del emperador Adriano. Y, como toda buena obra, fue reutilizada tras la caída del Imperio. En esta ocasión, para construir una iglesia en Sant Pere Sescelades. Desde entonces han dado muchas vueltas y eso demuestra que la fama del granito de Troya de la época fue (y es) bien merecido.

Sobre nuestras cuatro columnas, su presencia en la ciudad se debe al arquitecto renacentista Pere Blai, encargado de la fachada del Palau actual en el s. XVI. Este ya había usado dos columnas en la catedral de Tarragona y pidió 4 más para Barcelona. Y así es como, cientos de años después y un viaje de punta a punta del mar Mediterráneo, Barcelona posee estas joyas milenarias entre sus monumentos.

Hasta aquí estos 10 rincones escondidos de Barcelona en el barrio del Gótico. Espero que te haya gustado y que me comentes qué curiosidad te ha gustado más o si te gustaría que escribiera más artículos parecidos a este sobre la ciudad. Te dejo otro enlace sobre la ciudad aquí.

Código ético: La mayoría de curiosidades las conozco gracias al autor Xavi Casinos y sus obras además de documentales, tours realizados y libros de índole arquitectónica e histórica de la ciudad.

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2 Comentarios

  • Elvireta

    Me ha gustado mucho tu relato (cuando el escrito es muy bueno, le digo relato, no post). Me encanta que escribas sobre mi ciudad y más con este espíritu de investigación porque leyendo siempre se aprenden cosas nuevas. No sabía lo de las señales antiguas y mira que las he visto !!!. Coincido contigo en que la Plaça Sant Felip Neri es mi favorita dentro del Barri Gòtic. Un abrazo viajero muy fuerte.

    • wanderfoodiegirl

      Me alegra mucho saber que te ha gustado! Trato de traer la parte de la ciudad que no es tan conocida y que podamos todos disfrutar de un lugar que es mucho más de lo que se vende externamente. Barcelona me enamoró desde la primera vez que la pisé y casi 10 años después aquí sigo descubriendo rincones de ella y compartiéndolos con todos vosotros. Un beso enorme.

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